“En poco tiempo mucho cambiaron las cosas, sobre todo en materia comercial, ahora los changarros son cosa del recuerdo. Yo tengo 50 años, hace cuarenta, cuando empecé a darme cuenta de las cosas mi madre atendía una papelería, que fundaron mis abuelos, estaba ubicada en la 3 Norte, a un costado del mercado de La Victoria; papelería que me tocó a mí cerrarla cuando no fue posible tenerla abierta, pues entre la renta y la apertura de grandes papelerías, con precios de mayoreo, pasó a la historia. Yo fui hija única, mi madre la pasó muy mal durante el embarazo, durante el parto y peor cuando crecí; tuvo un embarazo de alto riesgo, tuvo trauma postparto y cuando yo cumplí dos años se le declaró la esquizofrenia, enfermedad que poco a poco avanzó desconectándola paulatinamente de la realidad pero, peor, se le manifestó violentamente, a tal grado que después de un tiempo ya no le hizo la medicación y tuvimos, inevitablemente, que internarla. No se imagina usted lo triste que fue para mí ver encerrada a mi madre, sobre todo en un ambiente tan sórdido, tan inhumano, tan terrible, no podía creer que una mujer tan vital, cariñosa, alegre, se hubiera convertido en unos pocos años en algo tan diferente, tan entristecedor. Hasta los cinco años viví bajo los cuidados de mi madre, mi padre fue empleado de una fábrica textil, ella me atendía perfectamente, incluso cuando ya se le había declarado la enfermedad me bañaba, vestía, arreglaba, llevaba a la escuela y en las tardes hacía conmigo la tarea, pero sobre todo me besaba, abrazaba, apapachaba, me llenaba de cariño y ternura hasta que me desconoció, conmigo a todos los demás miembros de la familia.”
Rafaela Tapia visita unas tres veces a la semana a su madre, apenas llegó a la edad adulta y le propuso matrimonio su actual marido; se hizo todos los análisis y estudios pertinentes para eliminar toda posibilidad de enfermedad temiendo haber heredado de su madre algún mal.
“Cuando voy a visitar a mi madre descubro en su mirada atisbos de lucidez, cuando le hablo miro que intenta reconocerme, observo que su cerebro hace esfuerzos por hacer a un lado su enfermedad para reconocerme. Me toca la mano, me acaricia, me mira fijamente, siento como algo hurga en su memoria intentando reconocerme, pero no lo logra, sin embargo siento que al tocarme se calma, adquiere una placidez que no tiene el resto del tiempo, algo pasa en su interior que detiene, que borra momentáneamente, su mal. Por eso la visito, la baño, le llevo comida y yo le doy de comer como si fuera una niña, algo que con nadie más hace, sólo conmigo. La sangre, la genética, el lazo que hay entre madre e hija es muy fuerte, lo siento, no puedo explicarlo, pero lo siento y estoy seguro que ella lo siente. Es paradójico, es absurdo, pero físicamente está sana, cien por ciento sana, sin embargo su mente se ha ido definitivamente para otro lugar, no está en su cerebro.”
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