Para Lauri
Hace apenas unos cuantos años, en la ciudad de México se decía que todo el periodismo tenía una tendencia esquizofrénicamente izquierdosa. Se afirmaba que era así por la formación escolar y académica de buena parte de los trabajadores del gremio. Casi todos salidos de la UNAM, la Iberoamericana, la Metropolitana, e incluso se metía en esa categoría a quienes habían estudiado en la escuela privada Carlos Septién García, no obstante sus orígenes abiertamente panistas y conservadores. (Vicente Leñero, una de las figuras más prominentes del Excelsior de don Julio Scherer, es egresado de ella, se asume como católico, pero católico de la teología de la liberación, y defensor del obispo don Sergio Méndez Arceo. Una de las figuras más abominables para la jerarquía católica). Esta era una de las razones poderosas —se decía entonces— por las que el PAN en general y el presidente Vicente Fox en particular, no tenían buena prensa. Lo cual era más notorio entre los impresos. Hasta un periódico como Reforma, estaba llenó de extrabajadores de La Jornada y de la primera etapa del Uno más Uno.
Hoy en Puebla podríamos decir que en general el periodismo que se hace es esquizofrénicamente priista. Lo vemos todos los días en los análisis que se ofrecen sobre la eventual designación del próximo presidente del Revolucionario Institucional. Todos parten del principio erróneo —para mi gusto y en la lógica política más elemental— de anteponer el interés del partido y del régimen al de los ciudadanos. Parecen decir, primero el PRI, después el bienestar de la gente. Por lo menos en el discurso, tanto el régimen como el sistema de partidos se deben a los ciudadanos, a la población, y no al revés. No soy tonto y no me cabe la menor duda que los partidos son la quintaesencia para aproximarnos a esa quimera llamada democracia. Sin partidos no hay más que anarquía. Lo sé. Los partidos son imprescindibles para ocupar los puestos públicos, para garantizar la estabilidad y la gobernanza. Los movimientos sociales son muy útiles, pero no sirven para gobernar. Por eso digo que el periodismo no puede poner los bueyes delante de la carreta, ni instar a hacerlo.
La alternancia en la gubernatura no llevará a ninguna parte segura si se carece de un sistema constitucional de pesos y contrapesos, que modere legalmente tanto a unos y otros, desbocados o no, fajadores de la política u omisos de ella. Como partido en Puebla, el PRI —nos guste o no— sigue siendo la organización política más importante, aun en la derrota de prácticamente en todos los puestos grandes. Pero para hacer efectiva esa condición precisa de ser una verdadera oposición política moderna. De vanguardia. Pero de ninguna manera una oposición a rajatabla, de revancha, apostada en lo mal que le vaya al nuevo gobierno. Lo que requiere la ciudadanía en este momento de alternancia, es una oposición de partidos moderna, que enarbole las grandes reformas que en el pasado se mantuvieron en el cajón. El principal valladar contra el cambio, que finalmente acabó en un maremoto que se desbordó en las elecciones pasadas. Las sociedades son dinámicas. Tal vez unas con procesos más largos que otras. Pero finalmente es el cambio. Lo que antes era nombrado con la palabra dialéctica. Decir que la elección fue atípica es no decir nada, o regatear la verdad.
Los medios son importantes porque siguen siendo la mayor palanca del cambio. No de ahora, sino de siempre. Quien haya revisado la historia del siglo XX mexicano habrá concluido que el triunfo de la Constitución de 1917 —el éxtasis de la Revolución— es el triunfo de Regeneración, el periódico de los hermanos Flores Magón. Sin los principios ideológicos de aquella publicación no se habrían levantado en armas muchos caudillos regionales cuando Madero los convocó para un domingo en la tarde, a partir de las seis. Ya como presidentes Carranza y Obregón se reconocieron