Moisés Ramos Rodríguez
I
Vale decir, aun cuando ya lo sepamos, que cuando tenemos un texto dramático, tenemos la mitad de una puesta en escena. Y esto, por principio, quiere decir que al leer el texto, hemos ido construyendo nuestro propio escenario y hemos dibujado, con las palabras del autor a los personajes, y hemos montado nuestra propia puesta en escena. Lo sabemos, pero no está de más recordarlo ahora que el último libro de José Dimayuga nos ha convocado aquí.
Al terminar de leer Las órdenes del corazón, la primera de las dos obras del libro de Dimayuga, no pude evitar pensar en los retos que representan para el director que lo tome para hacer, finalmente, una obra de teatro. El autor, por supuesto, tiene todo medido y calculado, sabe, incluso, cosas que nosotros no sabemos de sus tres personajes, a saber: Perla o La Cucarachita, Ernesto, o El Cacotas y Josefina La Chicurra, o el ladrón que ha entrado a la casa de los dos primeros; pero nosotros, como el director de teatro, tenemos que terminar de construir la propuesta que el autor nos ha hecho.
No se tata aquí de revelar la trama de la pieza de Dimayuga, pero sí de resaltar algunos retos que presentan para el director que la tome: la fina ironía —toda ironía lo es— y el melodrama del mejor cine mexicano del siglo XX, representan un serio riesgo para quien quiera llevar la obra a escena, porque no hay nada más fácil que recurrir al lugar común para tomar estereotipos y sacar de ello un montaje.
Pero en el caso de Las órdenes del corazón, el drama, el melodrama no se da sólo entre un hombre y una mujer, sino entre dos mujeres, caso que no hemos visto —o poco hemos visto— en el teatro y en el cine de México, y menos aún como un melodrama.
Por supuesto, el director deberá tener la misma habilidad que tuvo José Dimayuga, para que desde un principio sepamos que su ladrón es un ladrón y no una ladrona, pero sobre todo, enfrentará el reto de hacer que las actrices obedezcan, realmente, Las órdenes del corazón, las cuales no pueden, no deben ser desobedecidas. Mostrar en esta pieza, casi un juguete dramático cómo y dónde se da la orden para seguir en la vida, es el reto para quien monte esta obra de escasos cuatro personajes, si tomamos al Ladrón como tal, y después como La Chicurra.
II
El caso de la segunda obra del libro de Dimayuga, La última pasión de Antonio Garbo, es más complejo, porque si bien es igualmente una obra en un solo acto como la anterior, el número de personajes y el drama que vive Honorio Gómez Rodríguez se extiende más en tiempo y en razones. Nuevamente, como en el teatro griego, en el isabelino o el de Lope de Vega, el teatro dentro del teatro, el sueño dentro del sueño, el drama que no es sino pálido o llameante reflejo del drama, es aquí, en la obra de Dimayuga, el melodrama.
Nuevamente tenemos en el texto del dramaturgo la primera parte de un montaje, de una puesta en escena, la materia que, al leer, nos ha ido dando las pautas para construir a los personajes, mirar su escenario, darles un rostro y reconocerlos. Pero si nosotros somos ese director ideal en el que ha pensado José Dimayuga, tendremos no pocos problemas para llevar a escena La última pasión de Antonio Garbo donde el protagonista bien podría ser Arturo de Córdoba, o mejor Aún Roberto Cobo, pero no como El Jaibo de Los Olvidados, sino como la bailarina de El lugar sin límites o el costurero de Las malas compañías. Pero el actor, quizá, aquí, “no tenga la menor importancia” como dijo nuestro clásico tantas veces en el melodrama del cine mexicano.
En la obra de Dimayuga no estamos ante un melodrama convencional, pese a los coqueteos o francos homenajes y veladas citas al cine mexicano en blanco y negro, al de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, al de El rey del barrio y Los olvidados, a Tennessee Williams y la versión cinematográfica de Marlon Brando como protagonista. Aquí nuevamente el reto para el director es hacer del figurín de Honorio Gómez también conocido como Antonio Garbo, un ser de carne y hueso que se exceda hacia el ridículo con elegancia, que dramatice sin sobreactuar, o sobreactuando como lo exige el texto dramático de su papelón de tango o de bolero.
En esta segunda obra que hoy nos trae Dimayuga, están los escenarios de Ismael Rodríguez, de Buñuel, del Neorrealismo italiano, pero también los de Héctor Azar en La Apassionata, de Los de signos del zodiaco, de Sergio Magaña, pero también los de Hugo Argüelles, e incluso de Víctor Hugo Rascón Banda.
En esta vecindad donde el desarraigado ha encontrado a su verdadera familia, aquí donde el pobre payaso puede lucir su miseria sin ser motivo de risa o escarnio, Dimayuga tiene la oportunidad para volver a la misma reflexión de Aristófanes, de Calderón de la Barca o de Shakespeare: “¿Quién soy? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? ¿Qué hago aquí, en la tierra? ¿Cómo he de vivir esta vida que, ineludible se me presenta?”
Claro que Dimayuga no puede traicionar su aire melodramático de ironía continua, por eso su bufón, su personaje de cartón piedra, recita sus versos o sus parlamentos con la gravedad —repitámoslo— de un Arturo de Córdoba:
Cuál difícil es comprender el alma humana. ¿No habrá ciencia que nos explique, nos dé la clave definitiva para comprender al hombre y facilitar de una vez por todas las relaciones entre unos y otros? ¿Por qué demonios el ser humano es tan perro, de tal modo que en lugar de hablarnos, pareciera que ladramos y en lugar de soltar una caricia nos mordemos con filosa dentadura? Caray, cuando uno cree entender ciertas cosas de la vida, de pronto, zaz, todo se vuelve incomprensible: y más enredada y poco amable parece la vida.
Ante esa verdadera confesión, ante esa postura que todo ser humano ha llegado a tener o llegará a tener si quiere hacer caso a su conciencia, llegamos al peligro del montaje al que nos lleva el texto de Dimayuga: no por ser melodrama, no por ser homenaje a nuestro mejor cine donde nos educamos sentimentalmente, la obra es sencilla o debe ser tratada superficialmente. Para cualquier director que asuma el reto de montar La última pasión de Antonio Garbo, el hecho es más peliagudo de lo que podríamos suponer, porque la ironía no se da comúnmente: es propia de espíritus superiores.
En fin: baste por ahora el comentario, y sirva como llamado para los directores —que los hay— dispuestos a revelarnos el alma humana en el escenario: José Dimayuga trae dos obras para hacerlo, y falta quien diga yo, para saber qué tanto podemos hacer para darnos un buen espejo dónde reflejarnos.
* Texto leído por el autor durante la presentación del libro La última pasión de Antonio Garbo en el auditorio de la Casa del Escritor.